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Maricarmen no puede ser solo un nombre: la vejez abandonada también existe en España

Foto del escritor: Marco Musumeci D'Agata
Marco Musumeci D'Agata
8 oct
3 min de lectura

Por Marco Musumeci D'Agata, economista y empresario.


Maricarmen Abascal tenía 87 años. Había vivido durante más de siete décadas en la misma vivienda de Madrid. El pasado 23 de septiembre fue desahuciada y trasladada al hospital. Murió el 7 de octubre, sin haber podido regresar a su casa, pese a que estaba a punto de formalizar un acuerdo que le habría permitido volver. Su historia ha conmocionado a España y se ha convertido en símbolo de la crisis de vivienda. (EFE Noticias)


Pero cometeríamos un error si convirtiéramos a Maricarmen únicamente en un símbolo político.

Porque el verdadero drama empieza cuando dejamos de mirar las cámaras.

Detrás de Maricarmen existen miles de personas mayores que no aparecen en televisión. Hombres y mujeres que envejecen prácticamente solos, que pasan días enteros sin que nadie llame a su puerta, que sobreviven con pensiones ajustadas, que tienen dificultades para pagar una vivienda, calefacción, comida o cuidados y que, en algunos casos extremos, terminan incluso en situaciones de exclusión residencial.

No todos están en la calle.

Muchos están solos detrás de una puerta cerrada.


Y esa soledad puede ser igual de invisible.

Los datos deberían obligarnos a reaccionar. En España, alrededor de 1,7 millones de personas mayores de 65 años viven solas. Vivir solo no significa necesariamente sentirse abandonado, pero la soledad no deseada aumenta claramente con la edad. El Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada calcula que afecta aproximadamente al 14,5% de las personas de entre 65 y 74 años y al 20% de quienes superan los 75 años. (Web del Ayuntamiento de Málaga)

Es decir: detrás de nuestras puertas existen cientos de miles de vidas que pueden estar transcurriendo prácticamente en silencio.

Y aquí debemos hacernos una pregunta incómoda:


¿Qué clase de sociedad estamos construyendo si somos capaces de prolongar la esperanza de vida, pero no somos capaces de garantizar una vejez acompañada y digna?

Hablamos continuamente de crecimiento económico, digitalización, inteligencia artificial, infraestructuras, productividad o déficit público.

Todo eso importa.

Pero el progreso de un país también debería medirse de otra manera: preguntando cuántos ancianos comen solos cada día, cuántos no reciben una visita durante semanas, cuántos tienen miedo de perder su vivienda, cuántos necesitan cuidados que nunca llegan y cuántos mueren sin que nadie conozca realmente su historia.


Maricarmen tuvo nombre y rostro porque millones de españoles conocieron su caso.

Otros no tendrán esa suerte.

No habrá cámaras.

No habrá periodistas.

No habrá manifestaciones.

Simplemente un vecino que un día se preguntará por qué hace tiempo que no ve salir al señor del tercero.

Y quizás entonces sea demasiado tarde.


Una política de mayores basada en la dignidad

España necesita comenzar a tratar el envejecimiento como una de las grandes cuestiones estratégicas del siglo XXI.

No basta con pagar pensiones.

La dignidad de una persona mayor incluye vivienda, alimentación, atención sanitaria, cuidados, compañía, movilidad, seguridad y participación social.


Por eso considero necesario desarrollar una auténtica red nacional y municipal contra el abandono de las personas mayores, coordinando servicios sociales, sanidad, ayuntamientos, asociaciones vecinales y organizaciones del tercer sector.

Una persona mayor vulnerable no debería poder desaparecer del radar de la sociedad.

Cuando exista riesgo de aislamiento severo deberían activarse mecanismos de acompañamiento. Visitas periódicas, seguimiento telefónico, asistencia domiciliaria, sistemas de alerta, vivienda protegida y programas intergeneracionales pueden hacer una enorme diferencia.

Y necesitamos algo todavía más sencillo: recuperar la humanidad de los barrios.

Preguntar al vecino mayor cómo está.

Llamarle.

Escucharle.

Acompañarle al médico.

Sentarnos diez minutos con él.

Porque algunas políticas públicas cuestan millones.

Pero combatir parte de la soledad solamente cuesta tiempo.


Nuestros mayores no son una carga


Existe además una idea que debemos desterrar definitivamente.

Una persona no pierde su valor porque deje de producir económicamente.

Nuestros mayores construyeron las carreteras que utilizamos, levantaron empresas, trabajaron en fábricas, cuidaron familias, pagaron impuestos y atravesaron épocas mucho más difíciles que las nuestras.

Son memoria, experiencia y patrimonio humano.


Una sociedad que abandona a sus mayores termina abandonando una parte de sí misma.

Por eso la muerte de Maricarmen debería dejarnos algo más profundo que indignación durante unos días.

Debería obligarnos a mirar alrededor.

Puede haber otra Maricarmen en nuestra calle.

Puede estar viviendo sola dos plantas más arriba.


Puede ser nuestro vecino.

Mañana podemos ser nosotros.

La verdadera grandeza de una sociedad no se mide únicamente por cómo trata a quienes tienen poder, dinero o influencia.

Se mide especialmente por cómo protege a quienes ya no pueden defenderse solos.


Que la muerte de Maricarmen no termine solamente en una fotografía, una pancarta o un debate político.


Que sirva para recordar algo mucho más elemental:


Ninguna persona debería llegar al final de su vida sintiéndose abandonada por la sociedad que ayudó a construir.


Marco Musumeci D'Agata

Economista y empresario

Especialista en crecimiento y desarrollo macroeconómico y social del sector público

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