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Europa debe dejar de amenazar a Rusia: la paz en Ucrania exige conocer la historia, no enviar más armas

Foto del escritor: Marco Musumeci D'Agata
Marco Musumeci D'Agata
8 oct
7 min de lectura

ARTÍCULO DE OPINIÓN · POLÍTICA INTERNACIONAL Y HUMANISMO


Comprender las raíces históricas del conflicto no significa justificar una invasión. Significa reconocer que ninguna guerra puede resolverse de manera duradera ignorando los temores, los errores diplomáticos y los intereses de seguridad de todas las partes. Europa necesita recuperar su vocación de paz antes de que otra generación pague las consecuencias.


Por Marco Musumeci D'Agata — Economista político y filántropo

Europa nació de las cenizas de dos guerras mundiales que dejaron millones de muertos, ciudades destruidas y generaciones enteras condenadas al sufrimiento.

El proyecto europeo representaba una promesa extraordinaria: sustituir la confrontación por el diálogo, el nacionalismo destructivo por la cooperación y las armas por el desarrollo económico y social.


Sin embargo, hoy observo con profunda preocupación cómo una parte creciente del discurso político europeo vuelve a presentar la confrontación militar como un instrumento inevitable para resolver nuestras diferencias con Rusia.


Y me pregunto: ¿en qué momento dejamos de considerar la paz como nuestra principal responsabilidad política?

No escribo estas palabras para defender al Gobierno ruso, justificar su invasión de Ucrania ni negar el derecho de los ucranianos a defender su territorio.


Las escribo desde una convicción humanista: cada guerra representa un fracaso colectivo y cada vida perdida constituye una derrota para toda la humanidad.


La historia de este conflicto no comenzó en febrero de 2022

Para comprender la tragedia ucraniana debemos retroceder hasta el final de la Guerra Fría.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 transformó completamente el equilibrio geopolítico europeo. Rusia perdió influencia sobre territorios que durante décadas habían formado parte de su espacio estratégico, mientras numerosos países de Europa central y oriental buscaron integrarse en las instituciones occidentales.


La OTAN se amplió hacia el este, incorporando a países que deseaban proteger su soberanía frente a una posible amenaza rusa.

Desde la perspectiva de esos Estados, aquella decisión respondía a su experiencia histórica y a su necesidad de seguridad.

Desde Moscú, sin embargo, la expansión fue interpretada como un deterioro progresivo de su posición estratégica.

Ambas percepciones forman parte de la historia y deben estudiarse si pretendemos comprender las causas de la desconfianza acumulada.


En abril de 2008, durante la cumbre de Bucarest, la OTAN declaró que Ucrania y Georgia llegarían a ser miembros de la Alianza, aunque sin establecer una fecha concreta.


Para Rusia, aquello representó un nuevo motivo de preocupación estratégica.


¿Se evaluaron suficientemente las consecuencias políticas de aquella declaración? ¿Se intentó construir simultáneamente una arquitectura de seguridad que ofreciera garantías reales tanto a Rusia como a sus vecinos?


Son preguntas legítimas que una Europa madura debería plantearse.

Pero debemos establecer una distinción fundamental: comprender las preocupaciones de seguridad rusas no equivale a reconocerle el derecho a decidir el futuro de Ucrania.

Ningún Estado puede garantizar su seguridad mediante la ocupación del territorio de otro.


El fracaso de la diplomacia y los acuerdos de Minsk

El conflicto tampoco puede entenderse sin recordar los acontecimientos de 2014.

Tras las protestas del Maidán y la caída del Gobierno de Víktor Yanukóvich, Rusia se anexionó Crimea, una acción contraria al derecho internacional, mientras comenzaba una guerra en el Donbás entre fuerzas ucranianas y grupos separatistas respaldados por Moscú.


Los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015 intentaron detener los combates mediante compromisos de alto el fuego, retirada de armamento y soluciones políticas.

Sin embargo, nunca llegaron a aplicarse plenamente.


Las responsabilidades de las partes no fueron idénticas, pero el fracaso de aquellos mecanismos diplomáticos contribuyó a que la región permaneciera durante años en una situación de violencia e inestabilidad.


En febrero de 2022, Rusia lanzó su invasión a gran escala de Ucrania. La Asamblea General de Naciones Unidas exigió la retirada de las fuerzas rusas y reafirmó la soberanía y la integridad territorial ucranianas.


Esa realidad jurídica no puede ignorarse.

Pero tampoco deberíamos permitir que la condena de una invasión nos impida estudiar todas las oportunidades diplomáticas que se desaprovecharon antes de llegar a ella.

La historia debe servirnos para evitar las guerras, no para encontrar argumentos que nos permitan prolongarlas indefinidamente.


¿Enviar más armas nos acerca necesariamente a la paz?

La Unión Europea continúa proporcionando apoyo económico y militar a Ucrania. Sus dirigentes consideran que esa ayuda permite a un país invadido defender a su población y negociar sin verse obligado a aceptar cualquier imposición.

Es un argumento que merece respeto.

Pero también debemos preguntarnos cuáles son los objetivos políticos concretos de esa estrategia, cómo se mide su eficacia y qué alternativas diplomáticas estamos construyendo simultáneamente.


El 4 de octubre de 2026, Alemania anunció una nueva aportación de 1.000 millones de euros en ayuda militar a Ucrania, acompañada de 350 millones para la reparación de infraestructuras energéticas.


No todas las armas tienen la misma finalidad.

Un sistema de defensa antiaérea puede salvar vidas civiles frente a misiles y drones. Suspender indiscriminadamente esa protección, sin garantías de un alto el fuego, podría dejar indefensas a numerosas familias ucranianas.

Precisamente por ello, considero que Europa necesita abandonar las respuestas automáticas.

No basta con anunciar nuevas entregas de armamento. Debemos exigir que cada decisión militar forme parte de una estrategia diplomática verificable, orientada a reducir las hostilidades y conseguir una paz sostenible.

Y debemos reconocer una realidad incómoda: continuar enviando armas sin un horizonte político claro también puede conducir a una guerra de desgaste cada vez más devastadora.


Rusia no va a desaparecer del mapa de Europa

Existe una realidad geográfica que ninguna sanción, amenaza o discurso político puede modificar.

Rusia seguirá siendo una potencia europea y euroasiática, con importantes capacidades militares, recursos energéticos y un arsenal nuclear.

Europa tendrá que convivir con Rusia después de esta guerra.

Eso no implica aceptar la utilización de la fuerza contra sus vecinos, levantar sanciones incondicionalmente ni renunciar a nuestra seguridad.


Implica comprender que la seguridad europea a largo plazo también necesita mecanismos estables de comunicación, prevención de incidentes, control de armamentos y negociación.


Una Europa fuerte no debería confundir la firmeza con la hostilidad permanente.

La auténtica fortaleza política consiste en defender principios sin cerrar las puertas a la diplomacia.


No necesitamos una Europa subordinada a Moscú, pero tampoco una Europa incapaz de imaginar una relación futura con Rusia distinta de la confrontación militar.


La tragedia humana debería ser nuestra primera preocupación

Detrás de cada declaración política existen personas reales.

Madres que han perdido a sus hijos. Niños que crecen bajo las sirenas. Familias que han abandonado sus hogares. Jóvenes que jamás podrán recuperar los años arrebatados por la guerra.


Según Naciones Unidas, solamente durante agosto de 2026 murieron al menos 372 civiles y otros 2.349 resultaron heridos en Ucrania.

Son cifras que deberían conmovernos profundamente.


No podemos acostumbrarnos a contabilizar los muertos como si fueran indicadores económicos o resultados de una competición geopolítica.


Y nuestra humanidad no puede depender de la nacionalidad de las víctimas.

La vida de un niño ucraniano vale exactamente lo mismo que la de un niño ruso.

Ambos tienen derecho a crecer, estudiar, amar y construir su futuro sin que las decisiones de sus gobernantes los condenen al sufrimiento.

El verdadero humanismo no consiste en elegir qué pueblo merece nuestra compasión.

Consiste en reconocer que todas las vidas humanas poseen la misma dignidad.


Europa necesita recuperar el liderazgo de la paz

Desde mi perspectiva de economista, una guerra prolongada también destruye enormes oportunidades de desarrollo.

Los recursos destinados a la destrucción y al sostenimiento de los conflictos son recursos que no pueden dedicarse simultáneamente a mejorar hospitales, viviendas, escuelas, infraestructuras o servicios sociales.

Esto no significa que la defensa sea innecesaria. La seguridad también es un bien público fundamental.


Pero una política responsable debería evaluar permanentemente cómo reducir los costes humanos y económicos de la guerra sin comprometer la protección de quienes sufren una agresión.


El futuro europeo no debería consistir en una carrera armamentística sin límites ni en amenazas retóricas cada vez más peligrosas.

Debería centrarse en impulsar una negociación internacional que contemple un alto el fuego verificable, garantías de seguridad para Ucrania, protección de las poblaciones civiles y mecanismos de seguridad recíproca que reduzcan el riesgo de nuevas guerras.


En junio de 2026, el propio Consejo Europeo reafirmó que una paz duradera debe respetar la soberanía de Ucrania y que cualquier negociación debe contar con su participación. También respaldó los esfuerzos diplomáticos para terminar la guerra.


Esos principios deberían convertirse en una prioridad práctica, no quedarse solamente en declaraciones institucionales.

La paz no significa rendición, y la diplomacia no significa debilidad

Hay quienes consideran que hablar de negociación equivale a favorecer a Rusia.

No comparto esa interpretación.

Negociar no significa aceptar todas las exigencias de una de las partes. Tampoco significa recompensar una invasión.


Significa reconocer que la función más elevada de la política es encontrar soluciones allí donde las armas solamente producen nuevas víctimas.

Una paz que dejara a Ucrania indefensa y expuesta a otra invasión sería profundamente frágil.


Pero una estrategia europea que no contemplara ninguna salida distinta de la confrontación también sería preocupante.

Precisamente porque ambos peligros existen, necesitamos dirigentes capaces de defender los derechos de Ucrania, dialogar con Rusia y construir garantías internacionales creíbles.


Mi compromiso es con la vida, no con las guerras

A mis 52 años, después de todas las experiencias que me ha permitido vivir la vida, he llegado a una conclusión que considero fundamental.


Ninguna bandera, ideología, frontera o ambición geopolítica debería hacernos olvidar que detrás de cada conflicto existen millones de seres humanos que simplemente desean vivir dignamente.


Como economista político y filántropo, creo en un modelo de desarrollo y crecimiento socioeconómico integral que sitúe el bienestar humano por encima de los enfrentamientos ideológicos.


Europa debe defender su seguridad, sus libertades y el derecho internacional.

Pero también debe conservar la valentía de hablar con sus adversarios.


No quiero una Europa que amenace a Rusia. Quiero una Europa lo suficientemente fuerte, independiente e inteligente como para negociar con Rusia sin renunciar a sus principios.


No quiero que los ucranianos sean abandonados a su suerte.

Quiero que puedan recuperar la paz sin perder su libertad.


Y no quiero que los ciudadanos rusos sean considerados enemigos de los europeos por las decisiones de su Gobierno.


Quiero que comprendamos que los pueblos tienen mucho más que ganar conviviendo que destruyéndose.


La historia juzgará a nuestros dirigentes no solamente por su capacidad para defender territorios, sino también por los esfuerzos que hayan realizado para salvar vidas.


Porque el mayor triunfo de Europa no sería derrotar a Rusia, sino contribuir a una paz justa que permitiera a ucranianos, rusos y europeos volver a vivir sin miedo.


La humanidad no necesita otra generación de héroes enterrados.


Necesita una generación de dirigentes capaces de evitar que nuestros hijos tengan que convertirse en ellos.


Marco Musumeci D'Agata

Economista político y filántropo

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