Cuando has de gustarte calvo: lo que el cáncer me enseñó sobre la vida y la sanidad


Marco Musumeci D'Agata
Comparto una experiencia personal que ha cambiado mi manera de entender la salud, el tiempo y la dignidad de las personas
Hay momentos en la vida en los que uno termina aprendiendo cosas que nunca habría querido tener que aprender.
Yo tuve que aprender, entre otras muchas cosas, a gustarme calvo.
Parece una frase ligera. Incluso puede provocar una sonrisa. Pero detrás hay algo mucho más profundo.
Cuando empiezas un tratamiento contra el cáncer y tu imagen cambia, llega un momento en el que te miras al espejo y tienes que reconocerte de nuevo. No solamente físicamente. También emocionalmente.
El pelo termina siendo lo de menos.
Lo importante es seguir reconociendo a la persona que tienes delante.
Aprender a convivir con una nueva realidad
El cáncer cambia muchas cosas.
Cambia los horarios.
Los planes.
Las conversaciones.
Las prioridades.
De repente aparecen palabras que antes apenas formaban parte de tu vida: análisis, resonancias, TAC, quimioterapia, cirugía, controles.
Y aprendes algo muy rápido: vivir demasiado pendiente de lo que puede pasar mañana hace imposible disfrutar plenamente de lo que tienes hoy.
Por eso una de las cosas que más he aprendido durante este proceso ha sido intentar vivir cada etapa cuando llega.
Sin adelantarme innecesariamente.
Sin negar las dificultades.
Pero también sin dejar que la enfermedad ocupe todo el espacio de mi vida.
Descubrir qué cosas importan de verdad
Cuando la salud deja de darse por sentada, muchas preocupaciones cambian de tamaño.
Cosas que antes parecían enormes dejan de serlo.
Y otras, aparentemente pequeñas, adquieren un valor extraordinario.
Una comida con personas que quieres.
Una conversación tranquila.
Salir a caminar.
Dormir bien.
Reírte.
Recibir una buena noticia médica.
Tener un día normal.
Nunca había pensado tanto en lo extraordinario que puede llegar a ser un día completamente normal.
También aprendí a mirar la sanidad de otra manera
Como economista puedo analizar presupuestos, inversiones, recursos y eficiencia.
Pero cuando te conviertes en paciente entiendes otra dimensión.
Comprendes qué significa estar esperando el resultado de una prueba.
Entiendes por qué una llamada puede cambiarte completamente el día.
Comprendes la importancia de que un médico tenga conocimientos extraordinarios, pero también de que sepa mirarte a los ojos y explicarte qué está ocurriendo.
La excelencia sanitaria no consiste solamente en tener buenos hospitales.
También consiste en cómo se trata a las personas dentro de ellos.
Hay una familia detrás de cada paciente
Una enfermedad importante nunca pertenece solamente a quien la padece.
La viven también quienes están alrededor.
La persona que te acompaña.
Quien espera una llamada.
Quien intenta no mostrar preocupación.
Quien reorganiza su vida para estar a tu lado.
Por eso, cuando hablamos de sanidad, deberíamos pensar también en las familias.
Informarlas.
Orientarlas.
Acompañarlas.
Porque ellas forman parte de todo el proceso.
La dignidad de una persona no debería depender de su cuenta corriente
Probablemente una de las convicciones que más se ha reforzado en mí durante esta experiencia es que una sociedad debe garantizar una atención sanitaria excelente cuando alguien la necesita.
La enfermedad puede aparecer en cualquier familia.
En la de un empresario.
En la de un trabajador.
En la de un autónomo.
En la de alguien que está buscando empleo.
En la de una persona mayor.
En la de un niño.
La enfermedad no pregunta cuánto ganas antes de entrar en tu vida.
Por eso la posibilidad de recibir una atención sanitaria de calidad tampoco debería depender de ello.
Prevenir también es cuidar
Cuando atraviesas una enfermedad aprendes también el enorme valor de detectar los problemas a tiempo.
Por eso creo profundamente en la prevención.
En los controles.
En la información.
En la educación sanitaria.
En fomentar hábitos saludables.
Y en facilitar que las personas consulten cuando perciben que algo no funciona correctamente.
La mejor intervención médica, muchas veces, es aquella que consigue llegar antes.
La mente también necesita ayuda
Hay otra cuestión de la que todavía hablamos menos de lo necesario.
La salud mental.
Durante una enfermedad pueden aparecer momentos de incertidumbre, preocupación o cansancio emocional.
Y lo mismo ocurre fuera del cáncer.
Le sucede al autónomo preocupado por su negocio.
Al trabajador sometido a una enorme presión.
Al joven que no encuentra su camino.
A una persona mayor que vive sola.
A alguien que acaba de perder a una persona querida.
Por eso considero tan importante que en Mijas podamos disponer de un servicio municipal de apoyo psicológico que complemente los recursos sanitarios existentes.
Pedir ayuda no debería convertirse en una carrera de obstáculos.
Mi experiencia también influye en cómo entiendo la política
No quiero que mi enfermedad sea el centro de mi candidatura.
Mi candidatura a la Alcaldía de Mijas por PARTIDO AUTÓNOMOS nace de muchas ideas y de una visión mucho más amplia del municipio. Mi candidatura para 2027 está públicamente anunciada. (Mijas Comunicación)
Pero sería absurdo negar que una experiencia así cambia algunas de tus prioridades.
Para mí, hablar de una vida digna significa hablar de vivienda, empleo, seguridad, oportunidades y libertad.
Pero también significa hablar de salud.
Y de saber que cuando una persona atraviesa su peor momento tendrá instituciones capaces de responder.
Por eso defiendo una sanidad excelente
Las competencias sanitarias fundamentales no corresponden al Ayuntamiento de Mijas.
Eso hay que decirlo claramente.
Pero un Ayuntamiento puede exigir, colaborar, poner recursos a disposición, impulsar prevención y defender ante otras administraciones las necesidades de sus ciudadanos.
Por eso llevo tiempo defendiendo la necesidad de que Mijas avance hacia una infraestructura hospitalaria capaz de responder a su población y a su crecimiento.
No se trata solamente de reclamar un edificio.
Se trata de defender una determinada idea de sanidad.
Una sanidad técnicamente excelente.
Rápida cuando debe ser rápida.
Humana siempre.
También he aprendido a valorar muchísimo a quienes cuidan
Durante un tratamiento conoces a muchos profesionales.
Médicos.
Enfermeros.
Técnicos.
Personas que probablemente te ven durante unos minutos dentro de una jornada larguísima, pero que pueden dejar una impresión que recuerdes toda tu vida.
A veces por una explicación.
Por una palabra.
Por una sonrisa.
Por tratarte como una persona y no solamente como una enfermedad.
Esa dimensión humana de la sanidad es imposible reflejarla completamente en un presupuesto.
Pero tiene un valor enorme.
Y finalmente vuelves a mirarte al espejo
Un día te miras y ves que has cambiado.
Quizá estás más cansado.
Quizá has perdido peso.
Quizá has perdido el pelo.
Y tienes dos opciones.
Quedarte mirando lo que has perdido o empezar a reconocer todo lo que sigue estando ahí.
Tu personalidad.
Tu sentido del humor.
Tus proyectos.
La gente que quieres.
Las ganas de seguir haciendo cosas.
Y entonces ocurre algo curioso.
Terminas acostumbrándote incluso a estar calvo.
Puede que hasta pienses que no te queda tan mal.
Y ahí comprendes que la capacidad de adaptación de una persona es mucho mayor de lo que imaginaba.
No quiero que el cáncer defina mi vida
Forma parte de mi historia.
Sería absurdo negarlo.
Me ha hecho vivir momentos difíciles y también me ha enseñado cosas que probablemente nunca habría comprendido de la misma manera.
Pero no quiero mirar hacia atrás constantemente.
Quiero mirar hacia adelante.
Tengo proyectos.
Tengo personas a las que quiero.
Tengo ideas.
Tengo ilusión por lo que todavía quiero hacer.
Y tengo una convicción mucho más fuerte que antes: debemos construir una sociedad en la que vivir dignamente también signifique sentirse protegido cuando la salud falla.
Cuando has de gustarte calvo
Al final, aprender a gustarte calvo tiene poco que ver con el pelo.
Tiene que ver con aceptar que la vida no siempre ocurre exactamente como la habíamos planificado.
Tiene que ver con adaptarse.
Con continuar.
Con valorar más profundamente lo que tenemos.
Y con comprender que algunas experiencias difíciles pueden cambiar nuestra manera de mirar a los demás.
Hoy sé mucho mejor lo que significa sentarse al otro lado de una mesa médica.
Sé lo que significa esperar.
Sé lo que significa tener miedo a una noticia.
Y también sé lo que significa recibir esperanza.
Todo eso forma parte ahora de mi forma de entender la vida.
Y también de mi forma de entender el servicio público.
Porque después de todo lo vivido, hay algo que tengo muy claro:
Una vida digna necesita una sanidad excelente, pero también necesita una sociedad capaz de mirar a cada persona como un ser humano antes que como un número.
Marco Musumeci D'Agata



Comentarios